
El criado dejo de hablar y señaló mis ropas, manchadas de barro y sangre. No dije nada. Luego examinó mis manos, arañadas por otras manos humanas, y señaló una pala apoyada en la pared. Con un grito corrí hacia la mesa y me apoderé de la caja pero, a causa del temblor de mis manos no pude abrirla y cayó al suelo, haciéndose pedazos. Entonses, rodaron por el suelo algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos magníficos y diminutos objetos blancos, relusientes como el marfil...
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